Pintó su cuarto de azul.
Sabía que debía hacer un cambio, el color de las paredes blancas ahora la ahogaban, decían tanto y a la vez no le decían nada. Toda una vida, ella sabía que toda esa luz le había pertenecido toda su vida, que esas cuatro paredes que siempre habían sido su habitación jamás le habían llamado la atención y se dio pena, se dio tristeza, reconocer, admitir que se había convertido tan cotidiano su espacio, tan inherente a ella esa falta de color.
Reconocía que el blanco no era malo, malo era haberlo tenido siempre sin siquiera notarlo, sin realzarlo, combinarlo, apremiarlo por existir. No, simplemente estaba ahí sin estar. Tanta iluminación resultó aburrida, tan sin vida.
Se mortificó, pensó que tal vez también así era ella, tan disponible, tan combinable a todo, pero por lo mismo tan deslucida. Mortificada estaba. Su cuarto, su espacio jamás había sido pintado o retocado, todo tan pulcro como el primer día cuando sus padres le dijeron: -hija, ya está construido tu cuarto- así se lo dijeron, no le preguntaron de qué color lo quería, ella no pidío por algún color que quería.
Ahora, a los 22 años se dijo que debía hacerse algún cambio; - azul es refrescante , quiero cerrar los ojos sobre la cama después de un día pesado luego abrirlos y mirar el cielo y dejar que ese matíz lleno de vida alegre la mia y no sentirme plana, sentirme actual, al día, guapa.-
-Resusitar mis pensamientos y saber que yo, como mi cuarto, todo aún vibra.-
-Maquillarme de azul la vida.-